Veinte años después, el cierre del McDonald’s de Olot nos recuerda la fuerza de un territorio que defiende su forma de vivir y alimentarse.

Una reflexión de Albert Brosa.

Tipología

Artículo


Ámbitos

Economía, Agrofood, Gobernanza

“La proximidad no es una nueva bandera, es una forma de vivir. ”

Hace veinte años, en Olot, el cierre del McDonald’s no pasó desapercibido. Fue un episodio sonado, intenso y profundamente vivido por parte de la ciudadanía. Hubo butifarradas populares, concentraciones, pancartas, debates y una movilización que trascendió el ámbito comarcal. Aquel enfrentamiento no tenía tanto que ver con la llegada de una hamburguesería —que también— como con la defensa de un modelo propio, una manera de entender la comida, la tierra y el territorio que no era compatible con un formato industrial y globalizado. Detrás del humor de las protestas había convicción, y con los años hemos descubierto que también había una intuición acertada: la Garrotxa disponía de un ecosistema propio suficientemente sólido como para cuestionar un modelo que no acababa de arraigar.

Aquel episodio recordó que el territorio tenía, y sigue teniendo, una estructura económica y alimentaria arraigada en el paisaje. Un modelo basado en productores locales, explotaciones familiares, elaboradores artesanos y establecimientos que, más que vender comida, ofrecen una continuidad cultural. La proximidad no es una nueva bandera: es una forma de vivir que muchos territorios han practicado con naturalidad durante décadas. El consumo de proximidad activa un círculo virtuoso económico, social y ambiental que cada vez es más necesario, diría que imprescindible.

Este modelo no es anecdótico. En Cataluña hay unas 56.000 explotaciones agrarias inscritas en el Registro de Explotaciones Agrarias, y miles de ellas trabajan bajo criterios de proximidad o dentro de los circuitos cortos de alimentación regulados por el Gobierno. El crecimiento de la venta directa y de la venta con un solo intermediario, amparadas por el decreto de venta de proximidad, ha consolidado un sistema más trazable, más justo y más conectado con el consumidor. Cuando compramos producto local, no solo compramos calidad, sino que contribuimos a mantener la actividad económica en el territorio, porque los ingresos tienden a quedarse allí. El agricultor contrata personas y servicios locales, estos generan trabajo, los trabajadores vuelven a consumir cerca… es una economía circular real, no retórica.

Esta apuesta es especialmente importante en un contexto en el que el mundo rural catalán vive una transformación profunda. En las últimas tres décadas, Cataluña ha perdido más del 40% de las explotaciones agrarias familiares; el 52% de la población agricultora supera los 55 años y solo un 6% tiene menos de 35; y siete de cada diez explotaciones no tienen garantizado el relevo generacional. En la Garrotxa, los datos muestran una tendencia muy similar, con explotaciones cada vez más grandes pero menos numerosas, y con una dependencia creciente de mercados externos, a menos que se produzca un cambio de consumo local que garantice la viabilidad del sector. Este escenario evidencia que defender el producto de proximidad no es solo una opción gastronómica: es una necesidad estructural.

Apostar por el territorio significa entender que cada compra es un gesto económico y político. Cuando alimentamos a grandes multinacionales de comida rápida que operan con materias primas de procedencia a menudo lejana, procesos industrializados y salarios bajos, el territorio no recibe ningún retorno. Los beneficios se marchan y no generan actividad económica local. En cambio, cuando compramos a agricultores, ganaderos, elaboradores o pequeños comercios de proximidad, contribuimos a sostener familias, oficios y una economía que mantiene vivo el paisaje. Es una diferencia que demasiadas veces pasa desapercibida en el día a día.

Vista con perspectiva, el cierre del McDonald’s no es solo la crónica de un desacuerdo comercial o cultural. Es un recordatorio de lo que ocurre cuando un territorio decide qué quiere ser. La proximidad no puede convertirse en folclore gastronómico que solo invocamos cuando hay un conflicto o cuando recordamos una victoria simbólica. Si queremos preservar un territorio vivo, productivo y coherente consigo mismo, debemos defenderlo cada día: comprando cerca de casa, valorando a las personas que hacen posible la producción alimentaria, reconociendo que la comida es identidad y que la identidad también debe protegerse.

Hace veinte años, Olot y la Garrotxa alzaron la voz, y ese clamor debemos hacerlo resonar aún más. El mejor homenaje que podemos hacer no es idealizar aquel momento, sino darle continuidad. No hace falta esperar otro conflicto para defender a los productores locales. La regeneración del territorio depende de la constancia, no de batallas puntuales. Y es esta constancia —una elección diaria, discreta y persistente— la que puede asegurar que el futuro de la Garrotxa y de cualquier comarca siga siendo un futuro arraigado, vivo y digno.

Una reflexión de Albert Brosa, miembro de Resilience Earth, Olot, Diciembre 2025.